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El cáncer, la depresión y “La tierra baldía” de T. S. Eliot

De Sarah Downey

23 enero 2026

I. Estigmas de la enfermedad (que les den)

No he compartido mis escritos desde hace tiempo. El avance de esta página web está en lo más alto de mi lista de “cosas por hacer”. No, en realidad está en lo más alto de otra lista: una lista de objetivos y deseos genuinos que conforman quién soy. Y, sin embargo, una fuerza invisible levanta un muro entre esa lista fundamental y yo.

La depresión.

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La depresión es algo más que estar taciturno en un día lluvioso o irritado cuando se cancelan los planes del fin de semana. La depresión es una enfermedad. Al igual que el cáncer, es una dolencia que a menudo se malinterpreta, se estigmatiza y se asume como resultado de una falta de fuerza de voluntad.

Como ya he comentado en profundidad en un artículo anterior, un diagnóstico de cáncer no es un fallo moral. La capacidad de una persona para sobrevivir a la enfermedad tiene mucho más que ver con mutaciones aleatorias de genes y células que con el positivismo o la determinación. Aunque la determinación, la resiliencia y una actitud positiva pueden desempeñar un papel en el manejo de la enfermedad, no pueden garantizar la supervivencia. El cáncer es una bestia biológica errática y, a menudo, indomable.

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Como sociedad tecnológicamente avanzada del siglo XXI, nos cuesta admitir cuando no tenemos control, especialmente cuando esa falta de control es respuesta a una fuerza inanimada, y aún más cuando afecta a partes de nosotros mismos. Temerosa de esta realidad, la sociedad afronta la incertidumbre con suposiciones generalizadas y un lenguaje bélico grandilocuente para darnos a nosotros y a nuestros seres queridos una falsa sensación de omnipotencia.

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Por ejemplo, cuando nos referimos al cáncer como una batalla que hay que ganar, preparamos a los pacientes para el fracaso. El cáncer, como la guerra, es brutal y traumático. A menudo provoca daños de por vida o mortales tanto en el cuerpo como en la mente, del mismo modo que la guerra lo hace con soldados, civiles y sus familias. Sin embargo, los pacientes no se alistan. No entregamos nuestras vidas voluntariamente. Somos arrojados a una arena contra nuestra voluntad, enfrentándonos a un oponente que juega muy por encima de nuestra categoría y que rompe todas las reglas que creíamos que regían el cuerpo.

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Para muchos de nosotros —especialmente quienes padecemos subtipos de cáncer ultra raros y contamos con opciones de tratamiento limitadas y poco respaldadas por la investigación—, entrar en la arena implica la posibilidad real de no salir nunca, a pesar de esfuerzos implacables por sobrevivir “victoriosos”. A pesar de que nos digan que pensemos en positivo, sigamos una dieta basada en plantas y no abandonemos nunca la lucha, acabamos dándonos cuenta de que estos comentarios externos reflejan una visión profundamente distorsionada de la enfermedad: una que asume que la dolencia puede empaquetarse ordenadamente y erradicarse si simplemente lo intentamos con suficiente fuerza.

Estas prescripciones no solicitadas hacen más daño que bien, sobre todo cuando vivimos con la realidad inminente de que este tipo de enfermedades suele avanzar independientemente de nuestro optimismo, disciplina o deseo de vivir.

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El tratamiento exitoso de la depresión suele poner más énfasis en la fuerza de voluntad del paciente de lo que lo hace el tratamiento del cáncer, ya que la atención en salud mental se basa tradicionalmente en una combinación de medicación, terapia cognitivo-conductual e intervenciones sobre el estilo de vida para el mantenimiento a largo plazo. Sin embargo, el estigma que rodea a la depresión (y a la enfermedad mental en general) comparte muchos paralelismos con el estigma del cáncer, especialmente para los pacientes que conviven con ambas al mismo tiempo.

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La suposición de que uno puede “pensar para salir de la depresión” únicamente a base de positividad socava tratamientos médicos y terapéuticos legítimos. Culpa a los pacientes cuando los síntomas persisten a pesar del esfuerzo y fomenta el desdén en lugar del apoyo. Cuando la sociedad no entiende algo, recurre a la culpa. Para los pacientes con cáncer que además tienen diagnósticos de salud mental, esto puede sentirse como la prueba definitiva de que hemos hecho todo mal.

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Aunque muchos cánceres tienen orígenes desconocidos, seguimos escuchando comentarios como: “Te lo has provocado con tus decisiones: fumar, la dieta, el estrés”. De forma similar, a pesar de los bien establecidos factores biológicos, genéticos y ambientales implicados en los trastornos depresivos, seguimos oyendo ecos de: “Te lo has causado con tu mentalidad o tu estilo de vida”.

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En un mundo en el que culpar es la primera respuesta humana ante la desinformación y la impotencia, los pacientes afrontan juicios morales por enfermedades que desbordan por completo los límites de nuestro control. El resultado es el aislamiento y la invalidación de nuestro miedo, nuestro duelo y nuestro sufrimiento. La “actitud positiva” que supuestamente nos salvará se queda solo en la superficie de una red vasta y compleja de realidades físicas, psicológicas y emocionales que acompañan a la enfermedad crónica.

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II. El subterráneo (y un tal T. S. Eliot)

El subterráneo es un lugar al que solo acceden quienes han sido tocados por las manos mortales de la enfermedad. No es una discoteca exclusiva con portero, luces estroboscópicas y cócteles carísimos —aunque, dependiendo de tu plan de tratamiento, puede que te topes con unos de estos cócteles—. Es, en cambio, un lugar frío, con paredes, techos y suelos de hormigón gris.

Hay mucha gente aquí, y aún así el espacio se siente vacío. Una o dos figuras pasan cada pocas horas como barcos en la noche, solemnes y con la mirada perdida. El subterráneo no tiene un nombre oficial; cada miembro lo llama de forma distinta según la fase de su estancia. En este momento —aunque espero que no por mucho tiempo— yo lo llamo La tierra baldía, tomando prestado el título del poema de 1922 de T. S. Eliot.

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Mis amigos de la universidad probablemente se estén riendo. Pasamos semanas diseccionando este poema para un examen en la asignatura “Desarrollo de las civilizaciones occidentales” y nos graduamos años después sin tener del todo claro qué demonios estaba haciendo Eliot. Sin embargo, ahora que recorro los estrechos túneles de este subterráneo —con un cáncer terminal como una soga alrededor del cuello y una depresión resistente al tratamiento como grilletes en los tobillos que ralentizan mi paso—, comprendo su cinismo modernista mucho más profundamente de lo que jamás habría esperado.

No voy a intentar desentrañar por completo el pesado poema, pero sus versos iniciales plantean una idea que merece la pena examinar. En ellos, Eliot invierte deliberadamente nuestras expectativas. La primavera, normalmente asociada al renacimiento y la esperanza, se vuelve cruel. El invierno, habitualmente vinculado a la muerte y al estancamiento, se vuelve misericordioso.

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“Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta…”

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La primavera es cruel porque obliga a la vida a regresar. Las lilas que brotan de la tierra muerta simbolizan la renovación, pero la renovación duele: exige enfrentarse a lo que se ha perdido y enterrado. Eliot continúa:

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“mezclando
memoria y deseo, removiendo
raíces inertes con la lluvia de primavera”.

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Antes de que aparezcan las flores, la primavera despierta primero la memoria y el deseo. Lo que estaba dormido se agita. Eliot escribe a la sombra de la Primera Guerra Mundial, describiendo un entumecimiento y un trauma colectivos, y aun así estos versos resuenan profundamente con mi experiencia de la enfermedad física y mental.

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La expectativa de la recuperación es angustiante. Para mí, esta presión pesa especialmente al comienzo de un nuevo año natural, cuando se nos exige reflexionar y proponernos resoluciones. Nuestros deseos de futuro ponen de relieve aquello que ya no tenemos (o que quizá nunca tendremos).Antes del cáncer, siempre miraba hacia el futuro con audacia, sin ver mis metas como posibilidades, sino como certezas. Ahora añoro la fuerza que mi cuerpo solía tener y la confianza con la que pensaba en lo que estaba por venir. Anhelo regresar a recuerdos entrañables, al tiempo que lloro aquello que se creía que sucedería en un futuro previsto que aún no incluía mi pena de muerte. Me pregunto si viviré lo suficiente para volver a ver al amor de mi vida, estar en las bodas de mis mejores amigos o tener el honor de que me nombren madrina o tía de sus hijos. Cuando me toca ser realista, hago lo que puedo para aceptar que hay muchos hitos que no podré compartir con mis seres queridos. Para los pacientes con cáncer y para quienes luchan contra la depresión, la promesa de un “nuevo comienzo” puede sentirse más como un recordatorio de pérdida e incertidumbre que como esperanza.

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Nuestra “primavera” personal puede ser un año nuevo, un tratamiento prometedor o cualquier momento que nos pida sentir esperanza cuando ya no nos queda nada que dar. El entumecimiento y la indiferencia suelen sustituir a la esperanza, no porque no deseemos resultados positivos, sino porque los reveses repetidos ponen en duda nuestra confianza.

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Del mismo modo que la enfermedad da la vuelta a nuestras expectativas, Eliot plantea otra afirmación paradójica:

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“El invierno nos mantuvo calientes, cubriendo
la tierra con nieve que hace olvidar…”

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El invierno es reconfortante. La nieve embota la sensibilidad y permite el olvido. Aquí, el adormecimiento emocional, aunque desolador, puede sentirse más seguro que la esperanza. Además, el invierno de Eliot no nos exige nada. El estancamiento reemplaza al crecimiento, al optimismo y a la implicación emocional.

Este contraste refleja la experiencia de la depresión, especialmente cuando se superpone a una enfermedad terminal. La depresión se parece al invierno de Eliot: un paisaje emocional amortiguado en el que la apatía puede resultar más segura que sentir las emociones plenamente. Cuando la vida se vuelve insoportable, el entumecimiento puede presentarse como refugio.

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Los momentos de tipo primaveral, como las fiestas, los hitos y los nuevos comienzos, se vuelven crueles no porque sean intrínsecamente malos, sino porque exponen la brecha entre lo que se espera que sintamos y lo que somos capaces de sentir. El Año Nuevo debería prometer renovación y posibilidades, pero la enfermedad terminal afila el futuro hasta convertirlo en algo finito.

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En lugar de nuevos comienzos, hay duelo, incertidumbre y miedo. El optimismo se convierte en una acusación.

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¿Por qué no tienes esperanza? ¿Por qué no estás agradecido? ¿Por qué no eres feliz?

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Así como la primavera “remueve raíces inertes”, estos momentos despiertan el duelo por hitos que quizá nunca alcancemos, el anhelo de futuros que ahora parecen inalcanzables y el miedo arraigado en recuerdos de habitaciones de hospital, tratamientos adversos y la pérdida gradual de partes distintivas de nosotros mismos, como el cabello, la fuerza, la energía y la identidad.

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III. Triunfo silencioso (incluso cuando la vida es una mierda)

El invierno de Eliot es una estación de retirada emocional, de expectativas reducidas y de supervivencia silenciosa. Suena pesimista, pero encuentro en él una suavidad que no existe en la energía brillante y exigente de la primavera. El invierno nos da espacio para simplemente existir, sin fingir. No nos exige alegría.

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Cuando nosotros y quienes nos cuidan nos permitimos ser sinceros acerca de cuánto puede doler la esperanza, creamos un espacio colectivo donde podemos vivir libres de la rígida connotación de la esperanza como una fuente de felicidad desbordante y ver la contradicción que la esperanza plantea para muchos de nosotros. Queremos vivir, ansiamos la esperanza, pero luchamos con la amenaza de la incertidumbre de un futuro que se siente demasiado pesado para imaginarlo.

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La enfermedad crónica a menudo magulla la esperanza al decepcionarnos una y otra vez; sin embargo, los espacios de comunidad y reflexión honesta nos recuerdan que nuestra visión transformada de la esperanza no es un fallo moral ni una falta de fuerza de voluntad. Es una respuesta profundamente humana a un sufrimiento demasiado vasto para las narrativas simplistas que nuestra sociedad cuenta sobre la fortaleza, la positividad y la renovación.

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Nuestra visión contradictoria de la esperanza como una lucha constante hacia adelante, en lugar de un acto de optimismo luminoso y efervescente, representa nuestro compromiso honesto de convivir con la incertidumbre de la enfermedad sin rendirnos a la desesperación. A medida que aprendemos a fluir con la incertidumbre en lugar de luchar contra ella, descubrimos que, a veces, la esperanza simplemente aparece, en silencio: en una risa que nos sorprende, en un arranque de orgullo por algo que hemos escrito o creado, en el alivio de ser comprendidos sin tener que explicarnos.

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Para quienes vivimos con cáncer, depresión o ambos, la alegría suele ser silenciosa. A menudo es pequeña y fugaz: un rayo de sol en un día nublado, una conversación con café con un amigo que de verdad lo entiende, sábanas limpias, una almohadilla térmica caliente, un nuevo capítulo de una serie favorita y el dolor del cáncer bajo control. Estos momentos son la prueba de que la vida sigue ofreciéndonos pequeños destellos de conexión, tanto con los demás como con nosotros mismos, incluso en el ojo del huracán.

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Mirar hacia adelante no requiere certeza. De hecho, no puede requerirla. No exige que creamos que todo irá bien, porque eso es algo que nunca podemos saber. A veces, mirar hacia adelante significa simplemente permanecer abierto a esos pequeños y efímeros momentos de calma. Es confiar en que contar nuestras historias pueda hacer que este pasaje subterráneo se sienta un poco menos aislante para otra persona que también esté atravesándolo.

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La esperanza sigue existiendo incluso en el subterráneo, no en el brillante y despiadado simulacro que la sociedad intenta vendernos, sino a través de una resistencia silenciosa y paciente. Es el tipo de esperanza que habita en la honestidad, en la comunidad y en la autonomía de definir lo que significa vivir con una enfermedad crónica en nuestros propios términos.

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