Antes de estirar la pata: una meditación sobre prepararse para morir mientras se aprende a vivir
De Sarah Downey
31 enero 2026
Cuando me enteré por primera vez de que tenía a este hijo de puta implacable viviendo dentro de mí, ya tenía un pie en la tumba. Spoiler: salí de ella (por ahora). Aún así, en medio del torbellino de una hospitalización de 28 días, de mi look cliché del cáncer (más delgada que antes, calva, entregada de lleno a una breve fiebre por los gorros), y de la expresión en la cara de mi oncólogo mientras revisaba mis primeras pruebas, supe que fácilmente podría haber muerto en un par de meses. Era como si el cáncer hubiera escrito me estoy muriendo en mi frente con un rotulador permanente mientras dormía y, al pasearme con mi nuevo tatuaje frontal, todo el mundo estuviera demasiado incómodo como para señalar al elefante que les miraba de frente. En lugar de eso, mis amigos y mi familia —así como muchos desconocidos en internet y en la calle— lo insinuaban ofreciendo consejos no solicitados que casi siempre me daban ganas de arrancarme el pelo inexistente.

Sin embargo, una tarde, una amiga muy cercana y compañera de piso por aquel entonces me dio un consejo que no odié. La idea resultó refrescante —más lúdica que prescriptiva— y fue un alivio frente al flujo constante de intentos moralizantes de microgestionar mi vida y mi diagnóstico.
—Deberías hacer una lista de cosas que quieres hacer antes de morir, y podemos intentar que se cumplan —sugirió con entusiasmo, como si por una vez estuviéramos hablando de ambición y no solo de supervivencia.
​
Últimamente —agravado por el frío despiadado de este mes interminable— he estado existiendo más que viviendo. Mis pensamientos se inclinan hacia adelante, hacia los finales, hacia todo lo que podría quedar inconcluso. Lloro un futuro que quizá nunca llegue a habitar y, al hacerlo, abandono el presente, donde mi cuerpo aún permanece.
​
Nunca me han gustado las listas de cosas que hacer antes de morir. Como los propósitos de Año Nuevo, imponen una tiranía silenciosa, convirtiendo el deseo en obligación. Se quedan suspendidas sobre una, cargadas de expectativas, amenazando con derrumbarse al primer signo de fracaso.
​
Otros ya me habían sugerido hacer una lista así. La idea había rondado mi habitación del hospital entre enfermeras y visitas, y en ocasiones incluso se había colado en mis propios pensamientos. Sin embargo, la propuesta de mi amiga era distinta. Evocaba recuerdos felices de cuando la vida se sentía más amplia y menos frágil, y me hizo querer recuperar esa sensación antes de que se me acabara el tiempo. La lista dejó de parecer un inventario de metas incumplidas y pasó a ser un acto de devoción hacia mí misma, hacia mi felicidad y mi bienestar.
​
Garabateé algunas ideas en una hoja suelta arrancada de uno de mis cuadernos del colegio y se la entregué: hacer una noche de cine con mis compañeras de piso, salir a cenar con amigas, escribir más. La leyó y se rió.
​
—Esto no es una lista de cosas antes de morir —dijo—. Es solo una lista de cosas que podrías hacer cualquier día. Una lista de verdad tiene cosas grandes, como comer ramen en Japón o saltar en paracaídas.
​
Yo también me reí. Sabía cómo se suponía que debía ser una lista tradicional y que no me había acercado ni de lejos en mi primer intento.
​
Reescribí la lista para incluir viajes largos a Japón y Hawái. Busqué inspiración en internet porque, sinceramente, la razón por la que había acabado con planes tan normales era sencilla: eran las únicas cosas que se me ocurrían, y ya estaba demostrado que me hacían feliz. Tuve que forzarme para hacer la lista más extrema y, con el tiempo, empecé a darme cuenta de que esas supuestas grandes metas me generaban más ansiedad que alegría.
​
Los planes sencillos que implicaban estar presente con la gente que quiero se sentían más fieles a cómo realmente quería pasar mi tiempo y eran la expresión más honesta de lo que tenía miedo de perder.
​
Este domingo, el día uno de febrero, se cumplen dos años de mi segundo “tumor-versario”: el día en que entré en el hospital y no volví al mundo exterior durante casi un mes, saliendo con un diagnóstico que partió mi vida en dos. Al mirar atrás, veo cuánto ha cambiado todo. La energía y la motivación, antes abundantes, se han vuelto escasas, especialmente en los últimos meses. A medida que mi cuerpo se debilita, resulta más difícil mantener el optimismo, el impulso o el deseo de perseguir las grandes ambiciones a las que antes me aferraba.
​
Y, aun así, este último año estuvo lleno de belleza. Madrid para recibir 2025. Charleston en un viaje de chicas. Pittsburgh por el lanzamiento de una revista. St. Pete en un fin de semana espontáneo entre hermanas. North Conway para otra escapada más con amigas. Y Nueva York durante las Navidades, en una de las noches más mágicas de mi vida. Ninguno de estos viajes estaba oficialmente en mi lista; la mayoría surgieron de forma natural a lo largo del año. Nunca los habría podido prever un año antes —ni los destinos ni las personas a mi lado—. Mientras tanto, varias cosas que sí estaban en la lista, como un viaje a Hawái y asistir a un fin de semana de defensa del sarcoma en Washington D. C., nunca llegaron a realizarse, interrumpidas por barreras físicas y de salud mental que aparecieron sin aviso previo.
​
Si mi primer año tras el diagnóstico estuvo marcado por una determinación implacable y un movimiento casi constante, el segundo se ha definido por los extremos: picos de felicidad profunda y caídas igual de hondas. Este año me ha enseñado que mi lista ya no puede ser tan audaz como antes. Tiene que subir y bajar al ritmo de mi cuerpo y mi mente, que cambian constantemente.
​
En lugar de ver mi lista como una medida de mi energía o motivación, he empezado a replantearme qué quiero del tiempo que me queda y a dejar que esos deseos me guíen. Los sostengo como cerillas: pequeñas chispas deliberadas destinadas a mantener el fuego encendido en los días más duros. He aprendido —o quizá reaprendido— que, a pesar de ser una adicta a la adrenalina y una viajera empedernida, mi ¨lista de cosas que hacer antes de estirar la pata¨ no está pensada para ser elaborada ni grandiosa. Está pensada para ser simple, serena y arraigada en el amor y la comunidad.
​
Sigo soñando con viajar. Pero cuando planeo demasiado a largo plazo, la alegría se diluye. Quiero distancia de los hospitales, de este dormitorio, de este cuerpo que se siente prestado. Pero más que huir, quiero días normales cosidos de significado, rutinas que me anclen y momentos de conexión.
​
Después de dos años intentando transformar mi lista original —modesta— en algo más audaz e impresionante, sigo volviendo a los mismos deseos cotidianos: comidas compartidas con buenos amigos, mañanas lentas con café y té, tumbarme en bikini en Second Beach, dejar que el verano de Nueva Inglaterra me empape mientras dure.
​
Cuando mi amiga sugirió por primera vez hacer una lista —aunque fuera la tradicional—, se sintió menos como planear un final y más como insistir en un punto intermedio. Aunque la parte realista de mí insiste en que estoy más cerca del final que del comienzo, me descubro queriendo abrir espacio para un medio de todos modos. Mi optimismo prefiere creer que estoy más cerca del comienzo del final que del final del final. Para no caer en una espiral catastrófica, me apoyo en la acción. Al actuar con intención cada día, incluso cuando cuesta, me recuerdo (y recuerdo a otros) que sigo viva y que todavía tengo cosas que hacer en este planeta antes de que me envíen a otro.
​
Hablo a menudo de este tema con la trabajadora social del hospital porque escribir sobre la acción es más fácil que llevarla a cabo. Una lista enorme de grandes ambiciones una vez me aplastó. Me paralizó. Ahora estoy aprendiendo, poco a poco, que el propósito no viene de conquistarlo todo de golpe. Viene de desmontar la montaña, de planificar día a día y de confiar en que eso es suficiente.
​
Divide el día en mañana, tarde y noche, y decide no solo qué harás, sino dónde, cuándo y cómo lo harás. Empieza poco a poco y empújate a actuar incluso cuando no te apetezca. El noventa y nueve por ciento de las veces, nos sentimos mejor después de hacer algo que después de no hacer nada.
​
Al centrarnos en acciones sencillas dentro de un solo día, nos volvemos más intencionales con nuestro tiempo. Empezamos a notar qué nos daba alegría antes, qué importa de verdad y qué partes de nuestra vida —como las relaciones y el autocuidado— pueden haberse ido apagando en silencio.
​
Mientras organizo los próximos días, me sorprendo sonriendo al escribir: dedicar al menos treinta minutos al día a escribir, trabajar en mi página web, leer una novela intacta de mi estantería, recitar poesía, llamar a personas queridas, salir a pasear con Valentina (mi cachorra). Con cada pequeña intención, aflojo mi agarre sobre la perfección y suelto la presión de elegir las actividades “correctas”. En su lugar, me quedo con cómo estos momentos me devuelven a mi esencia, a lo que me hace ser quien soy.
​
El estancamiento nos aleja de nosotras mismas, ensanchando el espacio entre cuerpo y alma hasta que se llena de miedo y arrepentimiento. La acción constante, en cambio, nos trae de vuelta a casa, cerrando suavemente la distancia que crea la inercia.
​
Cojo un bolígrafo y, en silencio, me atrevo a escribir por encima de lo que el cáncer intenta reclamar. Construyo mis listas y mis esfuerzos por encontrar fuentes de propósito diario no como concesiones a lo que podría perder, sino como una insistencia silenciosa en lo que todavía es mío. El cáncer me ha quitado muchas cosas —la certeza, los sueños de una carrera y una familia, mi fuerza física—, pero no me ha quitado la capacidad de elegir significado. Incluso en los días más difíciles, aún puedo decidir cómo me presento ante la vida que tengo delante. No digo que esto sea fácil; digo que esta decisión sigue siendo mía.
​
No hay triunfo en este final, ninguna victoria limpia: solo persistencia y una determinación interior de seguir participando en mi propia vida pese a la incertidumbre y el miedo. Hago listas no como pactos con el tiempo, sino como prueba de que todavía puedo decidir cómo se desarrollan mis días. Cada palabra, cada plan y cada intención —por pequeña que sea— es un acto de autoría, un recordatorio para mí y para los demás de que mi capacidad de decidir sigue siendo inquebrantable, incluso cuando mi cuerpo se siente débil.
​
Mi “lista de cosas antes de morir” ya no trata de lo que debo hacer antes de morir. Trata de lo que elijo hacer cada día que sigo viva. No es una cuenta atrás ni un reto, sino un documento vivo que cambia a medida que mi cuerpo cambia y que mis capacidades y prioridades se transforman. Lo que una vez llamé una lista se ha convertido en una forma de comprobar cómo estoy, no de tachar tareas: una conversación continua con mi alegría y mi sentido del propósito.
​
No hay nada extraordinario en la forma en que paso mis días ahora, y ese es precisamente el punto. La vida, estoy aprendiendo, no necesita ser grandiosa para ser significativa. A veces, el significado está en quedarse incluso cuando el cuerpo y la mente están cansados. El cáncer puede revisar mi cuerpo, pero no tiene la última palabra sobre mis días. Así que sigo escribiendo, sigo cambiando y, al hacerlo, me quedo.
​
Mi lista sigue incompleta, y yo también. No sé cómo será el resto de esta lista ni cuánto tiempo tendré para escribirla. Hay espacios en blanco que aún no he llenado, días que no puedo planificar y desenlaces que no puedo prever. Por ahora, estoy aprendiendo a vivir dentro de esa apertura. El cuerpo puede llegar a un final, pero el yo nunca deja de transformarse.