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Mi cuerpo es un campo de contradicciones: el cuerpo, el cáncer y las normas sociales 

De Sarah Downey

31 de octubre 2025

Trazo lentamente una silueta entintada en mi brazo derecho. Nunca había pensado en tatuarme porque no quería ir en contra de las normas corporales que mi familia me había inculcado desde joven. Pero, eso fue antes del cáncer.

A complex collage featuring a detailed medical CT scan of a human torso with prominent views of the heart, lungs, and abdomin

Después del diagnóstico, mi cuerpo se convirtió en un campo de contradicciones de un sentido tanto físico como metafórico. Me pincharon con agujas de todos los tamaños. Me envenenaron con cócteles ominosos. Me raparon. Mi pecho se convirtió en un patio de recreo médico.

 
Si la intimidad de la piel y la delicadeza del cuerpo definían a una mujer, entonces yo ya no era una mujer. Si la autonomía corporal y la autoconciencia definían a un ser humano, entonces me había convertido en una bestia.


Me empezaba a tatuarme para ganar la autonomía de la que me habían despojado en el hospital. Las cicatrices fueron mis primeros tatuajes. Mis medallas por haber sobrevivido hasta aquel punto. Empezaba a llevar camisetas que las revelaban. 


La piel de una mujer debe ser clara y suave, impecable. Las expectativas corporales de la sociedad en la que había crecido me sonaban altamente, pero "las imperfecciones" de mi cuerpo se convirtieron en pequeñas resistencias temporales.

 
Los tatuajes son tan temporales como nosotros, pensé. Mi primer tatuaje fue una ola, un homenaje a mi amor por el océano y toda su profundidad. Ese mismo día, me tatué las iniciales de mis madres anfitrionas españolas, símbolos, en aquel momento, de un hogar y un amor que fueron a la vez inesperados y profundos.


Unas semanas después llegó guerrera en mi brazo izquierdo. Ahora tengo sentimientos encontrados sobre la palabra (no veo el cáncer en términos bélicos), pero me inspiró la canción Guerrera de la artista canaria Valeria Castro, un tributo a las mujeres de su vida y un himno a la resiliencia y el empoderamiento.
Luego vino Not Afraid (No tengo miedo) con la letra de mi amiga Eva, un guiño a la canción de Eminem que ponía a todo volumen en el coche después de los largos días de quimioterapia y al lazo inquebrantable de nuestra amistad. Más recientemente, me hice un corazón anatómico en el brazo derecho, justo encima de Not Afraid, un corazón con un significado más personal del que me atrevo a admitir. Las golondrinas en mi antebrazo derecho representan la libertad de espíritu que encuentro en la naturaleza y mi aceptación de la mortalidad a través de mi vínculo con el mundo natural indómito.
Mientras coleccionaba estos tatuajes, una técnica de radioterapia —trabajando en una sala que parecía mitad laboratorio, mitad nave espacial— me hizo otros: cuatro pequeños puntos negros en el pecho, utilizados para alinearme con precisión bajo los haces de protones que quemarían mi piel durante las siguientes ocho semanas.


Mientras se me quemaba la piel (lo que yo consideraba un bronceado gratuito) y esta piel enrojecida me ardía, mis pulmones empezaban a llenarse de líquido. Desarrollé un dolor agudo en el costado derecho y una tos violenta y persistente que duró meses después de que terminara el tratamiento. Durante gran parte de este período, mi compañía de seguros se negó a recetar cualquier tipo de analgésico para este derrame pleural. La negación del alivio del dolor como resultado de la codicia corporativa me deshumanizó a otro nivel. ¿No era más que un cuerpo costoso a los ojos de esta corporación de seguros? Me sentí como un objeto, uno para ser lanzado y otro para ser desechado.


Por dentro, mi cuerpo estaba en caos. Por fuera, en el tren mañanero, parecía como cualquier otra persona. Veía mi reflejo en la ventanilla y pensaba. "¿Creen los que me rodean que solo soy otra viajera que se dirige a un cubículo en una de las torres de cristal de la ciudad?"


Mis amigos me preguntaban por qué llevaba vestidos o pantalones de traje en las citas médicas del hospital, y yo les daba el mismo cliché: "Tienes que verte bien para sentirte bien". Una parte de mí lo creía. Pero otra parte sabía que era solo otro ejemplo de la contradicción que viven a diario los adultos jóvenes con enfermedades crónicas: el exterior pulido que ve la sociedad frente a los destrozos privados e internos. Una parte de mí quería verse arreglada. Otra parte deseaba que los demás, incluso completos desconocidos, pudieran entender el destrozo para que esta travesía fuera menos solitaria.
 

No necesito hablar para que mi cuerpo sea un acto de resistencia. Mi cuerpo es resistencia. Es un mar de "zonas residuales", donde lo que es choca con lo que se supone que debe ser.


En su libro "interrupciones", valeria flores (quien elige escribir su nombre en minúsculas) cita a Nelly Richards, describiendo las zonas residuales como espacios inestables donde se reúnen significados fracturados, significados que la sociedad tiende a ignorar o descartar. Son lugares de contradicción y fragmentación. Fronteras donde colisionan la teoría y la práctica, donde lo dominante se encuentra con lo marginal.


A nadie le gusta hablar de los adultos jóvenes que viven con enfermedades y mucho menos de aquellos que viven con la presencia constante de la muerte. Se asume que la juventud y la buena salud ocupan el mismo territorio, al igual que la vejez y la enfermedad comparten otro.


Yo vivo en ninguno de los dos. Existo entre dos reinos: el sano y el enfermo. Vivo con la mortalidad posada en mi hombro. El cielo sobre mí se convierte en un tejido indescifrable de nubes. Intento anclarme en un lugar, pero es imposible. No hay blanco y negro, solo tonos infinitos para los que ni siquiera tenemos nombres.


Vivir en las grietas de lo socialmente aceptado es experimentar un dolor arraigado en la soledad. No quiero ser definida solo por el cáncer, pero tampoco quiero que me traten como si estuviera completamente sana. Lo que quiero es algo más humano: que la gente reconozca nuestros dolores y deseos más profundos, no necesariamente que los nombren, sino que reconozcan que existen, aunque sean invisibles.


Estas grietas dificultan articular el dolor y la soledad, especialmente cuando esos sentimientos no se ven por fuera. En la superficie, puedo parecer cualquier otra joven de veintitrés años, pero estoy más enferma que nunca. Mis opciones de tratamiento están disminuyendo. Mi salud mental se tensa bajo el peso de mi declive físico.


"¡Mira todo ese pelo! Ya casi llegas al otro lado". He perdido la cuenta de cuántas veces he escuchado eso. Simplemente asiento, pensando: "Debemos tener ideas muy diferentes sobre lo que significa 'el otro lado'", y vuelvo a mi rutina, que, por cierto, se parece más a la de una jubilada de ochenta años que a la de mis pares.


Y, sin embargo, entre estas contradicciones —entre las normas sociales y la experiencia vivida— existe "una fertilidad insospechada para la disidencia, para el placer de la disrupción". Sigo viendo la resistencia a la pasividad que la sociedad intenta imponernos como un deber. Aunque la depresión y las limitaciones físicas del cáncer a menudo paralizan mis pensamientos y lo que antes consideraba mi "rutina diaria" o "camino de vida", busco emoción en lo mundano y estimulo mi cerebro aunque sea por solo cinco minutos al día. Si nos permitimos vivir en la pasividad, corremos el riesgo de perder la autenticidad de nuestros pensamientos. La resistencia es acción, y la acción es resistencia. Cada vez que encontramos formas creativas de mover nuestros cuerpos y nuestras mentes a pesar del cáncer, resistimos las nociones tradicionales de cómo "debería" verse o "debería" hacer un paciente con cáncer. La acción, ya sea caminar cinco minutos o llamar a un amigo, nos recuerda que estamos vivos.


Mi existencia es un acto de disidencia. El cuerpo que habito desafía las fronteras entre lo masculino y lo femenino, lo sano y lo enfermo, lo vital y lo mortal. Mi resistencia temporal al capitalismo y al heteropatriarcado está escrita no solo en mi piel, sino también en el papel.


Escribo en servilletas, en los márgenes de libros viejos, en trozos de papel, y a veces en un cuaderno. Escribo y reescribo, una y otra vez. Escribir no solo ejerce resistencia contra la sociedad, sino también contra mis versiones anteriores de mí misma. Lo que escribo hoy contradice lo que escribí hace cinco años. Contradice lo que escribí ayer. La naturaleza dinámica de la palabra escrita demuestra la constante evolución del yo y de la relación de uno con el mundo. A medida que continúo mi viaje con el cáncer, mi escritura evoluciona junto con mi perspectiva sobre la vida y la moral.


Escribo para no caer en la complicidad. Puedes dibujar o ejercitar la parte de tu cuerpo que el tratamiento del cáncer ha mutilado. Otros pueden cantar o hacer voluntariado. Podemos desafiar las normas a través de pequeños actos creativos y diarios de movimiento porque mientras respiremos, somos capaces de movernos, de la manera que sea posible, hacia una mayor autonomía corporal e identitaria.

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